INDEPENDENCIA DE CUENCA

EL TRES DE NOVIEMBRE DE 1820. Los patriotas se reunieron en casa de Margarita Torres, esposa de Paulino Ordóñez, para planificar las acciones liberadoras. Desde fines del mes de octubre se habían iniciado los preparativos y a pesar de las reservas que se impusieron, algunos planes fueron descubiertos, entre otros el apoyo del gobernador español, Antonio Díaz Cruzado, a quien se le pidió, por sugerencia de Joaquín Salazar Lozano y de Tomás Ordóñez Torres, su renuncia pues estaba ya palabreado, pero fue apresado por el comandante militar Antonio García Trelles y enviado preso a Quito el 2 de noviembre, escoltado por unos veinte soldados.

El líder militar de la revolución, Tomás Ordóñez, encabezó al pueblo hacia la Plaza Mayor, donde se le impidió llegar al cuartel y a la casa de Cabildo. Había alrededor de ciento nueve soldados, al mando de Jerónimo Arteaga. Dentro de este grupo estaban tres sargentos primeros, un sargento segundo, un tambor, varios cabos, dieciséis soldados veteranos y setenta y nueve soldados milicianos. Estos se colocaron estratégicamente en las cuatro esquinas de la Plaza Central y en calles aledañas, con los únicos cuatro cañones que existían en Cuenca y que se habían fabricado aquí mismo hacia 1809 para defender a la ciudad de un posible ataque de los revolucionarios del 10 de Agosto.

Hay que poner en relieve, el papel de los vecinos – hoy decimos ciudadanos – pues su participación fue decisiva. Cubrieron con su presencia, cada vez más creciente, las esquinas de la Plaza, de manera que los soldados no tenían otra estrategia que esperar, pues, aunque hubieran disparado, al fin sucumbirían por la fuerza popular, aunque solo hayan estado con las herramientas de sus huertas y fincas, con lanzas de madera, que guardaban en sus casas desde años atrás, o con unos pocos cuchillos domésticos. A los patriotas se unió el cura José Peñafiel y desde San Sebastián empezaron a acosar a las autoridades y soldados españoles. Con la presencia de otras personas aumentó su número, todos dirigiendo sus pasos a la Plaza Mayor, también llamada de Armas. Con el entusiasmo prendido por la causa libertaria, más las arengas patrióticas de Juan María Ormaza, otro cura orador y patriota y de Tomás Ordóñez, líder militar, algunos vecinos recorrieron los barrios, buscando mayor apoyo y juzgaron que era mejor ubicarse en el Vecino, por estar más cerca de los refuerzos que podían llegar desde el norte. Pasó ese día viernes 3 de Noviembre, solo con un constante acoso de los patriotas a los españoles, por las cuatro esquinas del parque, como dice un oficio del jefe de la plaza, Antonio García Trelles, pero sin ofrecer batalla. Ambrosio Prieto y unos pocos vecinos fueron apresados por los realistas, pero no pudieron moverse de sus puestos porque estaban cercados por los cuencanos, cuyo número crecía constantemente. Todos los soldados españoles amanecieron sobre las armas, como dice un parte, porque a cada momento les acometían los patriotas.

El día sábado cuatro de noviembre, con ayuda campesina y en particular de Javier Loyola, cura de Chuquipata, vencieron los patriotas. Otro cura que estaba de paso hacia su parroquia de Puebloviejo, arengó con gran elocuencia a los improvisados soldados para que siguieran en su empeño. Octavio Cordero cree que el triunfo se dio al atardecer o por la noche, porque debieron pasar varias horas para que se enteraran del levantamiento en Chuquipata y para que llegara el refuerzo que les dio la victoria. Una copla circuló entre los revolucionarios:

¡Qué viva el cura Loyola! ¡Que viva la libertad! ¡Abajo los chapetones, abajo su terquedad!

Resumen preparado por Juan Cordero Íñiguez,

Ph. D. Cronista Vitalicio de Cuenca.

Junta del Bicentenario